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Funny Valentine

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Ahora que pasó el 14 de febrero no puse nada para que no pensaran que me uno a la celebración, pero ya es marzo y ya es hora de escribir sobre el caso.

Bueno, pues muchos de ustedes dirán que se llama San Valentín porque era un sacerdote que casaba a las parejas de enamorados y las arañas, pero yo les digo que nones, porque el catorce de febrero tiene su origen en la antigua Roma aunque se celebraba diferente.

En la Roma imperial, cada 15 de febrero se celebraba una fiesta en honor a Luperco, dios de la fertilidad. Durante las llamadas lupercales era costumbre que los jóvenes de ambos sexos eligiesen a sus parejas para practicar juegos eróticos e intercambiar tarjetas amorosas en las que escribían sus nombres. ¿Que cool no?

Hacia el año 496, la Iglesia Católica, que consideraba que esta fiesta era una costumbre pagana y lasciva, y que era malo para los creyentes, así que instituyó en la jornada anterior —el 14— el Día de San Valentín, en honor a un clérigo mártir del siglo III. Así que a comer camote partidarios de San Valentín.

Habría que esperar al siglo XV para que surgieran las célebres tarjetas de San Valentín, en las que alguien se calificaba de valentín o llamaba así a su amado, pasaron algunos años para que se industrializara toda esa cosa y  desde entonces hasta ahora, San Valentín se ha convertido en el gran negocio del amor que hoy conocemos, un día que los grandes almacenes anuncian con bombo y platillo y en el que regalar algo a la pareja resulta casi una obligación.

Pero en eso se empezaron a retomar las raíces griegas y romanas para achacarle el milagrito a Cupido el dios romano que corresponde al griego Eros, era la quintaesencia del amor. Según algunos nació en los mismos inicios del mundo, aunque otros afirman que el Universo surgió gracias a su unión con Caos. Más tarde fue destacada su calidad como hijo de Afrodita y como ideal masculino del amor. Entonces se le pusieron alas y se le dotó de un arco. Poco a poco se fue trivializando su figura, mostrándolo como un niño rollizo, travieso y simpático; un caprichoso querubín que hasta hoy sigue disparando las flechas del deseo.

Claro que algunas chicas católicas han cambiado a esa horrenda divinidad pagana y le han pedido milagros de amor a su querido San Antonio a quien suelen poner de cabeza para pedir novio.

Aunque para mi todo esto no me va. Yo prefiero celebrar lo que hacían los lupercales todos los viernes trece en honor a la diosa nórdica del amor: Freya. ¿Qué les suena el viernes 13? Claro, es por eso mismo, pero la Iglesia como le gusta meter su cuchara en todo viendo estas juergas eróticas decidió decretar que los viernes 13 eran de mala suerte y hay mucha gente que se la cree. Por lo mientras, este abril hay un viernes 13 ¿ya pensaron con quien celebrar a la diosa Freya?

Fiestas que no deberíamos celebrar

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Pocas cosas son más resbalosas que una oración sin sujeto determinado. Por ejemplo, en la frase «Dicen que se va a acabar el mundo», ¿quiénes dicen? ¿Los antiguos mayas, las profecías de Nostradamus, los catastrofiambientalistas, científicos de un observatorio astronómico tras observar un cometa en trayectoria hacia la Tierra… o mi primo Nabor y su equipo de futbol llanero? Así pues, para no dar lugar a equívocos mayores, empecemos por definir el sujeto de la oración «No deberíamos celebrar».

Quienes no nos cocemos al primer hervor de la olla y somos testigos del devenir de la globalización, quizá nos sobresaltemos por grupos de niños y adultos disfrazados de vampiros, brujas o Frankensteins, que salen a pedir «su calaverita» el primer día de noviembre. El mismo estupor provocan quienes se empeñan en esconder huevos multicolores «puestos» por un conejo al terminar la Semana Santa, o peor, comparten el pan y la sal en «Tenksgivin». ¿Qué nos impulsa a celebrar esas fiestas, y por qué no deberíamos hacerlo?

Al decir deberíamos —conjugación en pospretérito del indicativo del verbo deber, en su acepción de «tener la obligación de hacer algo»—, el sujeto tácito es la primera persona del plural nosotros, que corresponde al conjunto de hijos de padres mexicanos que nacimos y vivimos en territorio mexicano y que, aun cuando podemos tener alguna ascendencia anglosajona, escandinava, árabe, africana, asiática o melanésica, básicamente somos producto del mestizaje entre los indígenas de Mesoamérica que se asentaban en estas tierras y los españoles que las sometieron mediante el poderío militar entre los siglos xvi y xviii. Unos cien millones de individuos que, para bien o para mal, comemos tortillas y chile, y saludamos al lábaro tricolor del águila y la serpiente.

Este grupo comparte, en términos abstractos y generales, una «biografía colectiva»; esto es, una serie de rasgos culturales heredados de los procesos históricos de este país. Entre otras cosas:

  • Una lengua, el español, impuesta por los conquistadores europeos, y que luego de diversas influencias, se convirtió en el «español de México», algunas de cuyas manifestaciones son nuestros nombres del santoral católico, nuestros apellidos españoles,y un cúmulo de obras escritas en ese idioma que nos dan contexto histórico e ideológico y sentido de identidad.
  • Una historia, que en la versión oficial adoctrinada por el Estado, gira en torno a la exaltación grandilocuente de «los héroes» y de las guerras que definieron violentamente la geopolítica y la identidad del México actual —la Conquista, la Independencia, las intervenciones, la Reforma, la Revolución.
  • Una tradición religiosa, la católica, que según los censos corresponde a cerca de 80% de la población, y que históricamente ha dictado una importante porción de nuestro marco moral, de costumbres y festividades.

 

¿Qué tan oportuno es celebrar el Halloween? ¿De qué nos toca si a la tradición religiosa de México corresponde un sincretismo entre la fiesta católica de «Todos los Santos» y las visiones prehispánicas del paso al inframundo, que llamamos «Día de Muertos»?